lunes, 9 de abril de 2012

Del capricho y la moral




El capricho es un concepto devaluado, y creo que ahí está el mayor engaño de la cultura mundial. Al capricho se lo juzga, se lo señala y se lo desprecia porque se lo teme.

Hay toda una corriente de pensamiento, desde oriente hasta occidente, que afirma que el capricho es pueril, es bajo, es débil ¡Qué infamia! Nada más fuerte existe que el capricho, la voluntad afirmándose a sí misma, prescindiendo de máscaras morales y cuentos metafísicos; el hacer, simplemente, porque se quiere.

No hay en el mundo fuerza o arma capaz de contener un capricho ajeno, y por eso se lo juzga moralmente, por eso la moral juega aquí su rol definitivo: intentar que el capricho se niegue a sí mismo, que la misma voluntad caprichosa se reprima. Es este, y no otro, el más profundo papel de la moral actual: reprimir a las voluntades fuertes, incontenibles, reprimir el potencial creador de la humanidad.

¿Es necesario reprimir el potencial de la humanidad? Creo que no, porque de hecho, quienes más sufrimiento generan a la humanidad son quienes menos se reprimen, quienes tienen más poder. La moral es (al menos hoy) más una herramienta de contención al servicio del statu quo, que un camino de redención para la humanidad. La moral, en los pueblos organizados, supo adaptarse a las necesidades de esos mismos pueblos. Hoy los pueblos no estamos organizados, y las morales no responden a nuestras necesidades colectivas.

Hoy día, con contadas excepciones (como tal vez la mayoría de los cubanos), la moral no está signada detrás de un objetivo (en el caso de Cuba la resistencia al imperialismo), simplemente porque no tenemos objetivos comunes. Vivimos mayoritariamente inmersos en morales hereditarias, que han perdido de vista su finalidad, que no nacen ya del consenso de un pueblo, y son utilizadas, tergiversadas y manipuladas para defender diversas posiciones. Así, quienes utilizan el término "libertad" para defender algunos intereses, niegan el mismo término cuando es utilizado en contra de sus propios intereses. Así, quienes niegan la legitimidad de la violencia, la utilizan cuando es útil a sus intereses.

La amoralidad (no la inmoralidad) es, entonces, hoy día, la verdadera cara de la humanidad. En un mundo globalizado, donde las fronteras son un obstáculo para la mayoría de las personas, y una herramienta de poder para unas pocas, la moral juega un rol represivo, una tradición que muchas veces impide que nos pongamos de acuerdo en objetivos comunes, por diferencias heredadas y re-creadas sin ser cuestionadas.

¿Niego entonces la utilidad de la moral? ¿Niego su existencia para siempre? No, pero sí niego a la moral como finalidad, y la entiendo como medio ¿Para qué sujetarnos a una moral sin antes haber trazado un objetivo al cual sirva esa moral?

Creo que debemos prescindir de los restos morales hereditarios que nos impiden acercarnos, para poder generar, en conjunto, objetivos. Objetivos comunes que nos permitan luego, sí, trazar las reglas morales necesarias para lograrlos. Entendiendo esas reglas no como verdades eternas, si no como meras herramientas sociales. Sosteniendo sí, si se desea, reglas morales individuales "extras", pero no buscar imponerlas, generando así la imposibilidad de organizarnos. Para esto, claro, tenemos que volver a entendernos como seres sociales, comprendiendo que el otro no es el cerco de nuestros derechos, si no la base de los mismos ¿Qué derechos tendríamos sin sociedad? Entender también que la creación social es infinitamente más poderosa y satisfactoria que la creación individual. Creo que esa es la única forma que tenemos, los muchos y muchas, de agruparnos y lograr decidir el modo en que queremos vivir, en que queremos convivir. Porque si no, nuestro estilo de vida social seguirá siendo determinado por una pequeña minoría poderosa a la cual no le interesa lograr una convivencia armónica. Una minoría que utiliza la moral como herramienta, y la utiliza, repleta de contradicciones, para someter ¿Consciente o inconscientemente? No lo sé, debe haber de ambas.

Y aquí llega la pregunta final, que no es, en realidad, más que la pregunta inicial ¿En qué mundo queremos vivir? Podemos buscar la respuesta, buscarla juntos, y encapricharnos. Abrazarnos al capricho y afirmarlo en cada respiro ¡Queremos cambiar el mundo! Lo podemos hacer, y lo vamos a hacer.



Bonus track (solo para ñoños y ñoñas):


Para mis amigos marxistas ortodoxos: mi más profunda diferencia con ustedes radica en que muchas veces predican una moral como verdad, trazando así de manera individual el objetivo colectivo(el socialismo, en su caso). Algo que, vale la pena aclarar, no considero "moralmente malo", si no, inútil. Esperar a que la inmensa mayoría de la humanidad aceptemos el objetivo que ustedes nos ofrecen, es estúpido, lisa y llanamente. Creo que cada día se hace más evidente la necesidad de que los objetivos los tracemos de manera colectiva, utilizando las herramientas teóricas, por supuesto, todas las que estén al alcance.

Para mis amigos nietzscheanos: siguiendo con el hilo anterior, entiendo que Nietzsche pifió en parte su "profecía", probablemente por no prestar suficiente atención al materialismo histórico. Nietzsche no advirtió que, cuando las condiciones materiales llevaran al ser humano a prescindir de la moral como verdad, a recuperar su autonomía creadora (algo que él no pudo encarnar), no lo haría en individuos aislados, si no que esas condiciones objetivas se replicarían en muchas subjetividades, y cada vez con mayor frecuencia, por lo cual la fuerza creativa podría llevarse de la mera voluntad individual, a la voluntad colectiva, logrando un potencial vital muchísimo más fuerte y sólido. Tengo el vago recuerdo de haber leído algún texto de él en este sentido, pero como fuera, siempre hizo hincapié en la individualidad como fuerza creativa. Una desesperanza, tal vez, al vivir en un mundo tan extremadamente disfrazado.

viernes, 24 de febrero de 2012

No rompas las bolas




    "No te metas" es una construcción interesante. Ni bien la leemos, todos (salvo el colgado de siempre) sabemos que se refiere a "la política". La continuación de la frase fue cambiando con el tiempo. Durante la última dictadura, y durante los años anteriores, la frase era "No te metas o vas a ser boleta", luego, volvió la democracia y hubo un tiempo bello en el que "No te metas" se disimuló un poco, y con el menemismo volvió a pleno: "No te metas, eso es para chorros". O su gemela: "La política es para hijos de puta".

     En el 2001, cuando estalló todo a la mierda, se metieron muchos. Se metieron desordenadamente, se metieron inorgánicamente, se metieron como pudieron. A partir de entonces, empezó a surgir un actividad más fuerte desde la juventud. Es algo cíclico, que se puede seguir a lo largo de nuestra historia.

     Sin embargo, no se puede negar que este gobierno ha tenido políticas dirigidas hacia la juventud. Entre ellas, la creación misma de una agrupación como La Cámpora. Esta agrupa tiene características interesantes, ha tenido un desarrollo territorial importante, y una participación en espacios de poder, y en los medios, que es envidia del resto de las agrupaciones kirchneristas.

     Ahora ¿Qué tipo de participación ofrecen estos espacios? Sobre esto ya publicó alguna vez el Popurrí. El kirchnerismo se jacta de haber terminado con el "No te metas", negando así el hecho de una juventud que se levanta por su propia inercia, por su mandato temporal y cultural, a lo largo y ancho del mundo. Una juventud que es, en sí misma, por sus intenciones y su potencialidad, superadora de la mayoría de los líderes políticos actuales. La dirigencia kirchnerista se cuida muy bien de no contar que su anhelo máximo es cambiar ese "No te metas" por un llano y simple "Metete pero no jodas". La intención es doble. Por un lado, intentar contener el instinto cuestionador de la juventud, y por el otro, hacerse de una masa de apoyo militante. Es un círculo perfecto para conservar el estado de las cosas reteniendo las fuerzas de cambio ¿Es un círculo perfecto? Lo dudo, pero veremos.

     A pesar de ya haber escrito al respecto, hoy me parece importante hacer nuevo hincapié ¿Por qué?  Porque hoy veo a "jóvenes k" que hacen malabares para justificar su posición: "No, si, hay que estatizar los trenes", "Sí, también hay que hacer algo con las mega mineras que primarizan la economía y se llevan ganancias impresionantes al extranjero", "Si, si, también es verdad que hay que recuperar el control sobre los hidrocarburos porque las concesionarias nos vaciaron y no invirtieron nada". Esta parte, claro, es la parte más formada de la militancia kirchnerista, está conformada por quienes han ido armando, con el tiempo, una ideología propia, una concepción propia del Estado, del Gobierno y de la relación entre ambos.

     Hoy se ven, claramente y a grandes rasgos, dos tipos de militantes oficialistas. Por un lado tenemos a quienes adhieren absolutamente a toda línea que baje de la dirigencia (incluso defendiendo a siniestros como Schiavi). Son aquellas y aquellos que compraron realmente el "Metete pero no jodas", que se contentan con pertenecer, que militan por una cuestión de afecto, y no de voluntad de cambio. En el Popurrí no se juzga moralmente, simplemente se busca describir para entender.

     Por el otro lado, se ve a una buena porción de esa militancia pensando. A ellas y a ellos, en gran medida, humildemente, les escribo. No con soberbia, si no con esperanza. Les escribo no para decirles que se vayan de ahí, que vengan acá, que se muevan para allá, o que se vayan a cagar. No, les escribo para pedirles, como compañero, que jodan, que rompan las pelotas.

     Quiero pensar, que si su dirigencia no decide terminar con el aparto asqueroso de las privatizaciones ferroviarias ahora que las tiene tambaleando, que si en vez de estatizar YPF, se conforman con hacer una empresa mixta (nacional, pero mixta) como pidió Dromi hace unos meses, que si en vez de escuchar a los pueblos cordilleranos y los Pueblos Originarios, deciden seguir dejando entrar a mineras saqueantes y contaminantes, espero, que si eso es así, se planten y manden a todos a la puta que los parió. Lo espero, para seguir siendo compañerxs, aunque nos separen banderas.

jueves, 23 de febrero de 2012

Quisiera

     Hay un saber popular, que no se dice pero se comparte, es uno que asegura que intentar sumar porotos propios de la desgracia ajena es de mal gusto. Este saber, cuando entra la muerte en juego, se pone más duro, y dice que es de hijo de puta aprovechar la muerte ajena para beneficio personal. Y sí, yo estoy de acuerdo, sería muy cínico y sorete aprovechar las (por ahora) cincuenta muertes de Once para buscar quedar bien en la opinión pública.
     No obstante, creo que hay algo que no se puede negar, y es que de estas muertes (y de la muerte en general) sí se pueden sacar réditos. Es de la muerte de donde la humanidad más aprende, aprende lo que va y lo que no va, aprende hasta donde sí y hasta donde no. Y es en este sentido, me parece, que nos toca hacer un ejercicio ¿Hasta dónde vamos a seguir aguantando?
     Quiero que quede claro, doblemente claro, que no hablo acá de la Presidenta, del kirchnerismo, del yeta Carlitos, de los soretes de Schiavi y Cirigliano, de nadie puntual. Cada una y cada uno tendrá más o menos sus propios culpables. Acá intento ir más allá, intento invitarnos a pensar un poquito más lejos de las culpas, intento invitarnos a pensar, juntos, entre todas y todos ¿Cómo mierda hacemos para que estas cosas no pasen más? Sí, las desgracias pasan, pero pasan mucho más seguido y de forma mucho más terrible cuando las ayudamos.
     Esta tragedia asistida pone sobre el tapete uno de los lugares más oscuros de nuestro Estado, de nuestro país, de nuestro día a día. Un lugar donde se puede ver, en escala media, lo más podrido de nuestra historia reciente, pero también lo más hermoso de nuestra historia no tan reciente. A través de los ferrocarriles podemos viajar, no sólo en el espacio, si no también en la historia. Podemos ver nuestro pasado y, también, a partir de lo que hagamos con ellos, podremos ver nuestro futuro.
     Los ferrocarriles son, en cierta medida, y creo no exagerar, la columna central de nuestra historia económica y social. Aquí, en el conurbano, nos han enseñado que los trenes son ese transporte barato y choto que nos lleva cada día al laburo. Lo cierto, es que fueron mucho más, y que deben volver a ser más si pretendemos solucionar algunos de los grandes problemas de nuestro país.
     De verdad les digo, estoy muy mal, desde ayer que estoy acongojado, triste, enojado, frustrado. Me duele en el pecho que cincuenta personas se hallan muerto porque nos dejamos estar. Porque es así, nos dejamos estar, nos dejamos ningunear, nos dejamos tratar como ganado, nos dejamos robar y, como si fuera poco, nos dejamos matar ¿Hasta dónde vamos a seguir aguantando?
     Tengo la esperanza, quizás desmedida, de que a esta tragedia asistida se le pueda dar un poco de ¿sentido?. No, no es sentido, pero quisiera que al menos sirva para algo. Quisiera que sirva para que aprendamos, quisiera que sirva para que pensemos juntos, quisiera que sirva para que nos planteemos construir un país más digno, más alegre, donde lo público sea espacio de encuentro y no un "garrón" que nos tengamos que comer para ir a laburar; y no un lugar de lucro para unos pocos; y no un lugar de muerte...
     Quisiera que soñemos con recuperar nuestros ferrocarriles y con ellos nuestra dignidad, quisiera que nos propongamos intentar hacer de nuestros sueños una realidad, quisiera que transformemos el deseo en acción. Quisiera, y quisiera que vos también lo quieras.

martes, 29 de noviembre de 2011

Final del juego


Edenizar. Edenizar viejos amores es lo que hago.

Ya no recuerdo cuando fue que decidí ser solo una sombra de mí. Tal vez borré como sin querer el instante aquel en que renuncié a vivir como si valiera la pena. Ahora edenizo.

Me levanto, no tan temprano, y paso mi mano sobre las sábanas pensando en aquella pelirroja en cuya cama perfumada amanecí tantos soles. Cierro los ojos cinco minutos para ver, antes de levantarme, ese escarlata furioso acariciando su espalda. .

En la ducha, mientras me enjabono suavemente, recuerdo las mañanas de sexo húmedo que, en aquella bañera celeste y de corte colonial, supimos compartir con una gringa de ojos verdes.

A la hora del café, mientras la taza humea en mis manos - hoy ya más viejas que por entonces - la pienso a ella, LA colombiana, y sus desayunos de frutas tropicales y expresos casi tan negros como su pelo.

Mientras alterno entre los diarios y algún libro de moda, aprovecho la mañana atajando vientos en el parque, al tiempo que mi mente me retrotrae una y otra vez a esa mesera de modales fuertes y reacciones exageradas, que ocultaba sus agudas reflexiones a los ojos mundanos del prejuicio habitual.

A la hora del almuerzo me pego una viaje para el norte del Perú, me encuentro buscando sombras en la cocina de mi departamento porteño para esconderme del sol abrazador que baña las costas norteñas del país del Inca. En la silla vacía que se posa frente a mí, la dibujo cada día a Diana, morena de cinturas anchas, que sacude al son de una música que solo escucha ella, pero que disfrutamos los dos.

Luego en el trabajo, mientras ataco sin ganas las teclas gastadas de algún viejo computador, me refugio en el regazo amplio de Marta, esa que mis amigos de adolescencia llamaban "la vieja". Me recuerdo de sus cariños suaves, que si no fuera por la lujuria con que se disfrazaban de tanto en tanto, podrían haber sido confundidos por maternales.

Hace ya unos años que he dejado de merendar, y será por ello que pienso cada vez menos en esa inglesa de ojos celestes, que detrás de su cara angelical guardaba un mar de reproches enfermizos. Bien sabía ella complementarse con exquisitos besos para adormilar mi orgullo, un te agridulce que algún día me cansé de tomar.

Ya en las cenas, cada vez más tempranas, me encuentro con Isabella en algún punto de la Italia, y me pierdo en su figura y sus pastas mientras devoro, adormecido, alguna comida descongelada.

Luego, tras un día de viajes, de caricias en jóvenes pieles hoy ya marchitas, entro en mi habitación. Me saco los zapatos, los pongo junto a la cama para evitar problemas, y me desvisto silenciosamente con las luces apagadas. Doblo mi ropa y la acomodo en una silla mientras decido, una vez más, no lavarme los dientes en señal de protesta idiota contra el destino.

Entro en mi cama lo más suavemente que el cuerpo me lo permite, y empiezo mi pelea contra el insomnio sin siquiera tocar a Marta, esa vieja chota, por temor a despertarla y que ella intente, una vez más, infructuosamente, despertar a esta chota vieja.

martes, 8 de noviembre de 2011

Simbolismo goloso -


Durante años me manejé con ellos bajo el sistema más anárquico y desconsiderado. Los repartía a diestra y siniestra sin ningún tipo de contemplación más que mi propio gusto, es decir, básicamente, ofrecía aquellos que menos me gustaban. De pequeño regalaba los verdes menta, luego los naranjas y amarillos, y más tarde los rojos y azules (si, se que es extraño regalar los rojos y azules).


Sin embargo, todo eso cambió. Descubrí, en el transe de la fila de un Correo Argentino, la analogía sexual implícita en la cándida inocencia de los caramelos Sugus. Ahora que la percibo, me resulta inentendible el hecho de que pasara tanto tiempo desapercibida.

Lo que al principio se me mostró como una idea divertida, fue con el paso de las horas tomando mayor sentido, y terminó de corroborarse al ponerme en contacto con las máximas autoridades nacionales de Arcor.

La cuestión es sencilla, los famosos masticables traen aparejados un sistema de declaración de interés sensual y/o sexual que toma, como referencia, las luces del semáforo.

El verde menta es la señal de avance, que puede ser un guiño de aprobación o bien un llamado de apareamiento, dependiendo claro, del conocimiento o no de la reciprocidad del sentimiento. Este caramelo refrescante, invita al contacto al tiempo que permite sortear incómodas situaciones provocadas por molestas gingivitis o empanadas de carne.

El amarillo, limón, es el caramelo más hijo de puta. Es, por supuesto, menos que todo, pero también más que nada, el famoso limbo de la incertidumbre. Quien lo recibe no sabe si debe acelerar o clavar los frenos. Puede que si acelera llegue a tiempo, o puede que se la ponga de lleno contra un 60 ¿Y si frena? Y si frena, tal vez se pierda la oportunidad de cruzar la línea de gol y abandonar la masturbación patética del amorío platónico. O quizás si desacelera el amarillo finalmente pase a verde... ¿Cómo saberlo? Por otra parte, quien otorga un sugus amarillo también corre riesgos. La vaguedad de su mensaje, la incapacidad de tomar posición puede provocar que nos roben un beso no deseado, o que claven los frenos cuando la intención era invitar a acelerar. Agrio y de ácido humor es, sin dudas, la opción preferida del histericismo, y puede significar la pérdida de cordura para más de un neurótico.

Llegamos, finalmente, al rojo. Un NO rotundo, pero que desde Arcor se apuran en aclarar que es "con estilo". Un rechazo con gusto a frutilla, como para endulzar la amargura del desamor.

Es alarmante pensar cuántas veces habremos desestimado el profundo significado simbólico de nuestro reparto indiscriminado de sugus... Sin embargo, como decía Nietzsche, arrepentirse es tan estúpido como morder una piedra, y es por eso que no nos queda más que mirar hacia adelante.

Vale la pena, ya que estamos, desmentir un par de teorías que podrían haber sido implantadas por la competencia de la prestigiosa empresa de Arroyito, Córdoba.

En muchos portales de internet se puede leer, con el énfasis exagerado de quien sabe estar mintiendo, que el caramelo naranja representa un cruce entre el rojo y el amarillo, y que claramente habría heredado la inexactitud de su ascendente limonero. En los mismos sitios web se dice que el verde clarito es el famoso "te quiero... como amigo", una suerte de rojo que por vergüenza se vistió de verde esperanza, una patada en el culo con olor a manzana.

Sin embargo, Arcor se ha encargado de desmentir estos rumores aseverando que tanto el naranja, como el manzana y el ananá, son "caramelos sin contenido simbólico", cuyo sentido es permitir que los consumidores puedan compartir caramelos con sus familias sin tener que analizar fenómenos como los de Edipo o Electra, ni tener que sentirse incestuosos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

No saben nada


Tiempos grises donde el amor ha sido adoctrinado

¿En qué escuela mediocre se enseñó que ama quien lo dice? Me gustaría saber donde vive el matemático que explicó que monogamia amaba más, y encontrar la cátedra maldita en la que enseñaron que ser fiel es igual a tener sexo con una sola persona. Quisiera viajar en el tiempo y dejar de ustedes solamente escombros.

¿Adoctrinar al amor? Como si nuestra conciencia, limitada y contradictoria, pudiera ponerle un cerco al infinito.

¿Adoctrinar al amor? Para qué, si no hay nada que corregir.

Podríamos tratar, y esto si, de adoctrinarnos para amar. Y no hablo de pétalos violáceos flotando en la fresca brisa de una tarde primaveral, sopesando el canto de una golondrina que veo bailar al ritmo de tu pulso, retumbando en mi oído, que apoyado en tu pecho sueña con poder detener el sol.

No, hablo de tomarse unos mates, mirarse a los ojos, sonreír. Sentirse, sentirnos, sentir

¿Qué tiene que ver el amor con frases cargadas de firuletes y compromisos?

¿Acaso no nace el compromiso para obligarse a cumplir? Y qué tiene que ver el amor con la obligación, si el amor es libre o no es nada.

Malditos catedráticos del amor, maldigo sus manuales y sus fórmulas vacías.

                                     Alguien debía decirles, que de amor no saben nada.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un cinco de trébol y todo el poder del mundo



            El otro día estaba jugando a la guerra con Dios. A esa guerra que se juega con las cartas, esa que el que tira la carta más alta se lleva las dos y empieza a hacer un pocito, entonces después cuando se le acaban las cartas en la mano mezcla el pocito y sigue tirando, y todo así hasta que uno de los dos se queda con todo el mazo.

            El otro día estaba jugando a la guerra con Dios y nos cagábamos de la risa.

            En un momento hicimos una apuesta. Él me apuró y me dijo que si me ganaba yo tenía que escribirle un cuento.

- “¿Qué cuento?”, le pregunté. “Uno”, me dijo haciéndose el chota.
           
            Acepté, claro, porque eso del temor de Dios siempre me pareció una pelotudez.

            Empezamos a jugar una nueva partida. Que pim, que pam, as que va, sota que viene, el muy conchudo me estaba cagando a palos, hasta que una ráfaga de figuras empezó a torcer la historia.

            “Tomá”, “te cabió”, mi pilón no paraba de crecer hasta que a Dios le quedaron tres cartas.

            Tiramos y pasó lo que pasa en un cuento trillado: dos ochos, empate. No sé si saben, pero cuando pasa eso, cada uno de los participantes tiene que poner una carta boca abajo tapando aquella del empate (en este caso los ochos) y se juega la siguiente carta por las seis que hay en la mesa.

            Tapamos entonces. A Dios le quedaba una carta en la mano y a mí 47, pero yo pensaba que si pudo con los panes y los peces seguro que con las cartas también. Me estaba preguntando qué carajo hacíamos si volvíamos a empatar, porque a Dios no le quedaban más cartas cuando: “¡Ya!”, rugió el Barba y la tierra pareció temblar.

Mientras tiraba mi carta pude ver que era un cinco. Un cinco de trébol, pero bien que me pareció de mierda.

            Y pasó, como es lógico y obvio, lo que tenía que pasar. Dios tiró un tres, creo que de diamantes, pero que más da.

            Gané. Si, gané. Le gané la guerra a Dios.

            Era el momento de cobrar mi apuesta y Dios, re caliente por cierto, me preguntó qué quería. Yo lo vi frustrado, realmente, estaba mal el tipo. Entonces, para aliviarlo un poco le dije que le iba a hacer el cuento igual. “Yo te hago el cuento Barba, así es como que ganamos los dos. Yo te hago el escrito, pero como gané, vos me tenés que prometer que lo hacés realidad” - “De una loco, de una”, me dijo contento y sin pensarlo mucho.

            Y bueno Dios, acá estoy haciéndote el cuento. Y vos, mientras enroscás la cuerda alrededor de tu cuello, pensás que yo soy un traidor, otro Judas. Puede que tengas razón. Puede que tengas razón mientras te subís al banquito y enganchás el nudo de orca en la viga central del techo.

            Con una terrible bronca dibujada en tus ojos milenarios mirás la hoja cuadriculada en tu cama. Es tu testamento, sí, es tu testamento.

            Te parás firme y posás tu vista en el espejo. El te devuelve un rostro marcado de pavor y entonces te das cuenta que eso que sentís es miedo. Un miedo húmedo y prfundo que te hace temblar, te contrae los músculos. Notás como un sudor frío comienza a brotar por todo tu cuerpo, tus manos se cierran mientras tus dedos intentan atravesar la piel de tus palmas, queriendo llegar a ese vibrante vacío. “Pánico, esto es el pánico”, pensás mientras sentís la vida con una fuerza inédita.

            Finalmente juntás el coraje necesario y pateas el banquito contra la pared. Un instante de incertidumbre y ¡PAH! La cuerda te presiona el cogote con un golpe seco. Sentís como tu nuez se hunde ahogándote, pensás: “¿Por qué mierda no elegí ser mina?”, y con ese arrepentimiento dejás el mundo.

            Adiós Dios, era necesario.

Testamento de Dios para todos sus herederos, hijos e hijas de la Tierra y el universo

            1º. Les dejo, ante todo, la libertad. Rompo con este escrito toda obligación, todo pacto de sumisión, esclavitud, fidelidad, ley, etc, etc, mediante el cual ustedes estuvieran sujetos a mi voluntad. A partir de hoy cuentan con su voluntad y nada más que su voluntad.

            2º. Les delego también el poder de crear. Ya no están obligados a creer las creaciones de otros, ni siquiera las mías, pueden crear sus propias creencias y creerlas para creerse y crearse.

            3º. Conmigo se van a la tumba todas las reglas de valores universalmente válidos y trascendentales. Ya no existen “bien” ni “mal” verdaderos.

            4º. Les dejo la potestad de administrar y repartir bajo sus propios criterios todos los bienes y seres del mundo y el universo en la medida que sean capaces. Les recomiendo (y no es más que una recomendación), recordar que ustedes son agua, son oxígeno y son nutrientes de la tierra, quizás deberían, ahora que van a estar solos, pensar en cuidarse un poco más.

            5º. En fin, y para resumir, les dejo el poder y la libertad de hacer absolutamente todo aquello que quieran y de lo que sean capaces. Yo me fui, hagan la suya.