martes, 29 de noviembre de 2011

Final del juego


Edenizar. Edenizar viejos amores es lo que hago.

Ya no recuerdo cuando fue que decidí ser solo una sombra de mí. Tal vez borré como sin querer el instante aquel en que renuncié a vivir como si valiera la pena. Ahora edenizo.

Me levanto, no tan temprano, y paso mi mano sobre las sábanas pensando en aquella pelirroja en cuya cama perfumada amanecí tantos soles. Cierro los ojos cinco minutos para ver, antes de levantarme, ese escarlata furioso acariciando su espalda. .

En la ducha, mientras me enjabono suavemente, recuerdo las mañanas de sexo húmedo que, en aquella bañera celeste y de corte colonial, supimos compartir con una gringa de ojos verdes.

A la hora del café, mientras la taza humea en mis manos - hoy ya más viejas que por entonces - la pienso a ella, LA colombiana, y sus desayunos de frutas tropicales y expresos casi tan negros como su pelo.

Mientras alterno entre los diarios y algún libro de moda, aprovecho la mañana atajando vientos en el parque, al tiempo que mi mente me retrotrae una y otra vez a esa mesera de modales fuertes y reacciones exageradas, que ocultaba sus agudas reflexiones a los ojos mundanos del prejuicio habitual.

A la hora del almuerzo me pego una viaje para el norte del Perú, me encuentro buscando sombras en la cocina de mi departamento porteño para esconderme del sol abrazador que baña las costas norteñas del país del Inca. En la silla vacía que se posa frente a mí, la dibujo cada día a Diana, morena de cinturas anchas, que sacude al son de una música que solo escucha ella, pero que disfrutamos los dos.

Luego en el trabajo, mientras ataco sin ganas las teclas gastadas de algún viejo computador, me refugio en el regazo amplio de Marta, esa que mis amigos de adolescencia llamaban "la vieja". Me recuerdo de sus cariños suaves, que si no fuera por la lujuria con que se disfrazaban de tanto en tanto, podrían haber sido confundidos por maternales.

Hace ya unos años que he dejado de merendar, y será por ello que pienso cada vez menos en esa inglesa de ojos celestes, que detrás de su cara angelical guardaba un mar de reproches enfermizos. Bien sabía ella complementarse con exquisitos besos para adormilar mi orgullo, un te agridulce que algún día me cansé de tomar.

Ya en las cenas, cada vez más tempranas, me encuentro con Isabella en algún punto de la Italia, y me pierdo en su figura y sus pastas mientras devoro, adormecido, alguna comida descongelada.

Luego, tras un día de viajes, de caricias en jóvenes pieles hoy ya marchitas, entro en mi habitación. Me saco los zapatos, los pongo junto a la cama para evitar problemas, y me desvisto silenciosamente con las luces apagadas. Doblo mi ropa y la acomodo en una silla mientras decido, una vez más, no lavarme los dientes en señal de protesta idiota contra el destino.

Entro en mi cama lo más suavemente que el cuerpo me lo permite, y empiezo mi pelea contra el insomnio sin siquiera tocar a Marta, esa vieja chota, por temor a despertarla y que ella intente, una vez más, infructuosamente, despertar a esta chota vieja.

martes, 8 de noviembre de 2011

Simbolismo goloso -


Durante años me manejé con ellos bajo el sistema más anárquico y desconsiderado. Los repartía a diestra y siniestra sin ningún tipo de contemplación más que mi propio gusto, es decir, básicamente, ofrecía aquellos que menos me gustaban. De pequeño regalaba los verdes menta, luego los naranjas y amarillos, y más tarde los rojos y azules (si, se que es extraño regalar los rojos y azules).


Sin embargo, todo eso cambió. Descubrí, en el transe de la fila de un Correo Argentino, la analogía sexual implícita en la cándida inocencia de los caramelos Sugus. Ahora que la percibo, me resulta inentendible el hecho de que pasara tanto tiempo desapercibida.

Lo que al principio se me mostró como una idea divertida, fue con el paso de las horas tomando mayor sentido, y terminó de corroborarse al ponerme en contacto con las máximas autoridades nacionales de Arcor.

La cuestión es sencilla, los famosos masticables traen aparejados un sistema de declaración de interés sensual y/o sexual que toma, como referencia, las luces del semáforo.

El verde menta es la señal de avance, que puede ser un guiño de aprobación o bien un llamado de apareamiento, dependiendo claro, del conocimiento o no de la reciprocidad del sentimiento. Este caramelo refrescante, invita al contacto al tiempo que permite sortear incómodas situaciones provocadas por molestas gingivitis o empanadas de carne.

El amarillo, limón, es el caramelo más hijo de puta. Es, por supuesto, menos que todo, pero también más que nada, el famoso limbo de la incertidumbre. Quien lo recibe no sabe si debe acelerar o clavar los frenos. Puede que si acelera llegue a tiempo, o puede que se la ponga de lleno contra un 60 ¿Y si frena? Y si frena, tal vez se pierda la oportunidad de cruzar la línea de gol y abandonar la masturbación patética del amorío platónico. O quizás si desacelera el amarillo finalmente pase a verde... ¿Cómo saberlo? Por otra parte, quien otorga un sugus amarillo también corre riesgos. La vaguedad de su mensaje, la incapacidad de tomar posición puede provocar que nos roben un beso no deseado, o que claven los frenos cuando la intención era invitar a acelerar. Agrio y de ácido humor es, sin dudas, la opción preferida del histericismo, y puede significar la pérdida de cordura para más de un neurótico.

Llegamos, finalmente, al rojo. Un NO rotundo, pero que desde Arcor se apuran en aclarar que es "con estilo". Un rechazo con gusto a frutilla, como para endulzar la amargura del desamor.

Es alarmante pensar cuántas veces habremos desestimado el profundo significado simbólico de nuestro reparto indiscriminado de sugus... Sin embargo, como decía Nietzsche, arrepentirse es tan estúpido como morder una piedra, y es por eso que no nos queda más que mirar hacia adelante.

Vale la pena, ya que estamos, desmentir un par de teorías que podrían haber sido implantadas por la competencia de la prestigiosa empresa de Arroyito, Córdoba.

En muchos portales de internet se puede leer, con el énfasis exagerado de quien sabe estar mintiendo, que el caramelo naranja representa un cruce entre el rojo y el amarillo, y que claramente habría heredado la inexactitud de su ascendente limonero. En los mismos sitios web se dice que el verde clarito es el famoso "te quiero... como amigo", una suerte de rojo que por vergüenza se vistió de verde esperanza, una patada en el culo con olor a manzana.

Sin embargo, Arcor se ha encargado de desmentir estos rumores aseverando que tanto el naranja, como el manzana y el ananá, son "caramelos sin contenido simbólico", cuyo sentido es permitir que los consumidores puedan compartir caramelos con sus familias sin tener que analizar fenómenos como los de Edipo o Electra, ni tener que sentirse incestuosos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

No saben nada


Tiempos grises donde el amor ha sido adoctrinado

¿En qué escuela mediocre se enseñó que ama quien lo dice? Me gustaría saber donde vive el matemático que explicó que monogamia amaba más, y encontrar la cátedra maldita en la que enseñaron que ser fiel es igual a tener sexo con una sola persona. Quisiera viajar en el tiempo y dejar de ustedes solamente escombros.

¿Adoctrinar al amor? Como si nuestra conciencia, limitada y contradictoria, pudiera ponerle un cerco al infinito.

¿Adoctrinar al amor? Para qué, si no hay nada que corregir.

Podríamos tratar, y esto si, de adoctrinarnos para amar. Y no hablo de pétalos violáceos flotando en la fresca brisa de una tarde primaveral, sopesando el canto de una golondrina que veo bailar al ritmo de tu pulso, retumbando en mi oído, que apoyado en tu pecho sueña con poder detener el sol.

No, hablo de tomarse unos mates, mirarse a los ojos, sonreír. Sentirse, sentirnos, sentir

¿Qué tiene que ver el amor con frases cargadas de firuletes y compromisos?

¿Acaso no nace el compromiso para obligarse a cumplir? Y qué tiene que ver el amor con la obligación, si el amor es libre o no es nada.

Malditos catedráticos del amor, maldigo sus manuales y sus fórmulas vacías.

                                     Alguien debía decirles, que de amor no saben nada.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un cinco de trébol y todo el poder del mundo



            El otro día estaba jugando a la guerra con Dios. A esa guerra que se juega con las cartas, esa que el que tira la carta más alta se lleva las dos y empieza a hacer un pocito, entonces después cuando se le acaban las cartas en la mano mezcla el pocito y sigue tirando, y todo así hasta que uno de los dos se queda con todo el mazo.

            El otro día estaba jugando a la guerra con Dios y nos cagábamos de la risa.

            En un momento hicimos una apuesta. Él me apuró y me dijo que si me ganaba yo tenía que escribirle un cuento.

- “¿Qué cuento?”, le pregunté. “Uno”, me dijo haciéndose el chota.
           
            Acepté, claro, porque eso del temor de Dios siempre me pareció una pelotudez.

            Empezamos a jugar una nueva partida. Que pim, que pam, as que va, sota que viene, el muy conchudo me estaba cagando a palos, hasta que una ráfaga de figuras empezó a torcer la historia.

            “Tomá”, “te cabió”, mi pilón no paraba de crecer hasta que a Dios le quedaron tres cartas.

            Tiramos y pasó lo que pasa en un cuento trillado: dos ochos, empate. No sé si saben, pero cuando pasa eso, cada uno de los participantes tiene que poner una carta boca abajo tapando aquella del empate (en este caso los ochos) y se juega la siguiente carta por las seis que hay en la mesa.

            Tapamos entonces. A Dios le quedaba una carta en la mano y a mí 47, pero yo pensaba que si pudo con los panes y los peces seguro que con las cartas también. Me estaba preguntando qué carajo hacíamos si volvíamos a empatar, porque a Dios no le quedaban más cartas cuando: “¡Ya!”, rugió el Barba y la tierra pareció temblar.

Mientras tiraba mi carta pude ver que era un cinco. Un cinco de trébol, pero bien que me pareció de mierda.

            Y pasó, como es lógico y obvio, lo que tenía que pasar. Dios tiró un tres, creo que de diamantes, pero que más da.

            Gané. Si, gané. Le gané la guerra a Dios.

            Era el momento de cobrar mi apuesta y Dios, re caliente por cierto, me preguntó qué quería. Yo lo vi frustrado, realmente, estaba mal el tipo. Entonces, para aliviarlo un poco le dije que le iba a hacer el cuento igual. “Yo te hago el cuento Barba, así es como que ganamos los dos. Yo te hago el escrito, pero como gané, vos me tenés que prometer que lo hacés realidad” - “De una loco, de una”, me dijo contento y sin pensarlo mucho.

            Y bueno Dios, acá estoy haciéndote el cuento. Y vos, mientras enroscás la cuerda alrededor de tu cuello, pensás que yo soy un traidor, otro Judas. Puede que tengas razón. Puede que tengas razón mientras te subís al banquito y enganchás el nudo de orca en la viga central del techo.

            Con una terrible bronca dibujada en tus ojos milenarios mirás la hoja cuadriculada en tu cama. Es tu testamento, sí, es tu testamento.

            Te parás firme y posás tu vista en el espejo. El te devuelve un rostro marcado de pavor y entonces te das cuenta que eso que sentís es miedo. Un miedo húmedo y prfundo que te hace temblar, te contrae los músculos. Notás como un sudor frío comienza a brotar por todo tu cuerpo, tus manos se cierran mientras tus dedos intentan atravesar la piel de tus palmas, queriendo llegar a ese vibrante vacío. “Pánico, esto es el pánico”, pensás mientras sentís la vida con una fuerza inédita.

            Finalmente juntás el coraje necesario y pateas el banquito contra la pared. Un instante de incertidumbre y ¡PAH! La cuerda te presiona el cogote con un golpe seco. Sentís como tu nuez se hunde ahogándote, pensás: “¿Por qué mierda no elegí ser mina?”, y con ese arrepentimiento dejás el mundo.

            Adiós Dios, era necesario.

Testamento de Dios para todos sus herederos, hijos e hijas de la Tierra y el universo

            1º. Les dejo, ante todo, la libertad. Rompo con este escrito toda obligación, todo pacto de sumisión, esclavitud, fidelidad, ley, etc, etc, mediante el cual ustedes estuvieran sujetos a mi voluntad. A partir de hoy cuentan con su voluntad y nada más que su voluntad.

            2º. Les delego también el poder de crear. Ya no están obligados a creer las creaciones de otros, ni siquiera las mías, pueden crear sus propias creencias y creerlas para creerse y crearse.

            3º. Conmigo se van a la tumba todas las reglas de valores universalmente válidos y trascendentales. Ya no existen “bien” ni “mal” verdaderos.

            4º. Les dejo la potestad de administrar y repartir bajo sus propios criterios todos los bienes y seres del mundo y el universo en la medida que sean capaces. Les recomiendo (y no es más que una recomendación), recordar que ustedes son agua, son oxígeno y son nutrientes de la tierra, quizás deberían, ahora que van a estar solos, pensar en cuidarse un poco más.

            5º. En fin, y para resumir, les dejo el poder y la libertad de hacer absolutamente todo aquello que quieran y de lo que sean capaces. Yo me fui, hagan la suya.

miércoles, 19 de octubre de 2011

♪ El que no salta es metafísico, el que no salta es metafísico ♫



     Éramos como cien en clase. El profesor nos desafiaba a pensar que toda nuestra realidad era un sueño. Estábamos leyendo a Descartes y su teoría de la duda. El profe insistía, pesado, en que lo único que realmente podíamos experimentar como cierto era nuestra existencia. En un momento álgido de su exposición, el tipo nos mira y pregunta: "¿Cómo pueden saber si están despiertos o en un sueño?" Yo levanté la mano con una cara de aburrimiento supremo, porque me parecía una pelotudez la clase, al fin y al cabo ¿Qué mierda tenía eso que ver con derecho?

     El tipo me miró sorprendido, se notaba que lo había sacado del libreto. Me miró y con un cabeceo me dio pie para hablar. "Es fácil, me hecho un meo, si estoy durmiendo me voy a despertar mojado", le dije.

     Bastantes de los compañeros se cagaron de risa, lo cual me sorprendió y me puso un poco incómodo, porque yo no pretendía hacer un chiste. El tipo murmuró algo y me preguntó "¿Pero cómo? No entiendo lo que quiere decir". Yo, un poco intimidado, le dije que no importaba, que era un chiste, y me hice el pelotudo.

     Lo cierto es que mi planteo iba en serio. Lo que pretendía decir era: ¿Qué mierda nos importa si la vida es un sueño o es real? ¿Nos importa?

     Lo mismo me pasó hoy leyendo un libro que publicó hace poco un amigo. En un diálogo del libro se planteaba la cuestión sobre la finitud o infinitud del universo y me brotó nuevamente esta vieja idea ¿Cómo puede ser que tantas personas se hayan pasado horas debatiendo si el universo era finito o infinito? ¿Por qué estúpida razón todavía hoy hay quienes se pasan horas discutiendo sobre la existencia o no de Dios?

     (Dejando afuera la ya cansada necesidad de pensar que nuestros yoes sigan después de muertos) Creo que hay dos estímulos posibles. Por un lado, pensar que las respuestas a ese tipo de preguntas pueden cambiar nuestras motivaciones, nuestros gustos, nuestras elecciones. Por el otro, dedicar la vida a tratar de responder esas preguntas hasta ahora irresueltas. Ambas posiciones me resultan de una cobardía absoluta.

     La primera, en tanto y en cuanto somete la propia voluntad a una existencia ajena. Es decir, supongamos que existe un Dios, entonces sometemos nuestro querer al querer de este, porque si no ¿Qué sentido tiene ese Dios? La cobardía aquí es evidente y palpable, a demás de que ese discurso puede tener un corte claramente dictatorial, siempre que pensemos que los demás también tienen que someterse a aquello ante lo que nosotros nos sometemos. Este es el discurso moral fundamentando en un bien y un mal abstractos.

     La segunda me parece un mero miedo a la muerte. Es decir, uno dedica su vida a responder preguntas imposibles de responder con la esperanza de encontrar respuestas que sigan vivas aún cuando uno muera. Porque, seamos honestos, ¿qué otra motivación puede tener quien se dedica a verificar si el cosmos es eterno o no, o si la vida es un sueño o es real? Tal vez vender libros... digamos que esa opción también puede estar.

     Sea como fuera, creo que en realidad el proceso es al revés, y esas dos explicaciones que acabo de exponer están mal enfocadas. Si, me gusta hinchar las pelotas y contradecirme en el mismo escrito.

     Es que lo más habitual es que uno se plantee esos cuestionamientos de forma esporádica, no todo el tiempo. Cada tanto, en un día nublado sin lluvia, cuando ha pasado algún tiempo desde la última travesía sexual, seguramente mediocre, con la panza un poco vacía, o demasiado llena, uno se pone a pensar pelotudeces metafísicas. En el fondo, creo, se buscan respuestas abstractas a fenómenos fisiológicos. Probablemente lo que pasa es que dormimos poco, o que dormimos mucho, o que estamos aburridos o faltos de ejercicio. Pero la primer respuesta que viene a la cabeza es un acto reflejo. Pensamos que estamos mal porque la vida no tiene sentido (?), o que estamos mal porque estamos alejados de Dios (?!), o que estamos mal por la insignificancia del ser humano (?!!), o que estamos mal porque nuestro amor no es correspondido (?!!!!)... Mil respuestas metafísicas y/o racionales para responder a una realidad latente: la estamos pasando mal.

     La respuesta más honesta, más brutalmente sabia, me parece nos la dan, como casi siempre, los nenes y las nenas. Ellos, si la están pasando mal, tiene una respuesta instintiva vacía de explicaciones racionales: o lloran o intentan pasarla bien.

     Dicho así sueltito puede hasta sonar mediocre, superficial y hedonista. Tiene un poco de todo eso, seguro. Como también tiene de ambicioso, de profundo y de mesurado. Pasarla bien no tiene porque ser un pensamiento básico de perro al palo, puede implicar un montón de placeres profundos, incluido el placer de llorar con ganas y no reprimirnos. Vivir con intensidad, aún en la monotonía. Si, ahora parece que me puse a decir huevadas que suenan rico y nada más. Fijate, que se yo, por ahí si, me chupa un huevo, no me quiero poner metafísico.

martes, 20 de septiembre de 2011

La inocencia del devenir

"Jugar, jugar y ver que pasa"


Estuve un tiempo alejado de Nietzsche. Perdimos contacto no sé bien por qué. Él siempre estuvo ahí, disfrazado de tinta impresa en mi estantería, y yo lo dejé. Si me apuran, adivino que lo dejé porque ya estábamos, ya me había dicho lo que yo quería escuchar y entonces me tocaba vivir, algo que tal vez, al mismo Frederich le costó más que escribir.

Como sea, volví a sus libros. Y volví, claro, porque ya no estábamos, porque yo ya no estaba ¿Dónde estaba? Bueno, estaba acá, pero con un corte que no me sentaba bien, muy rutinario, muy sedentario, muy, muy, muy demasiado humano, claro.
Así que cuestión me fui a cagar, literalmente, y tomé un libro de Nietzsche sin pensarlo mucho, que es actuando de ese modo cuando más se acierta, digamos.

El Ocaso de los ídolos titula esta edición de bolsillo, y yo ya lo había leído tiempo atrás. Pasando las hojas me paré en aquellos versos que tenía señalados con una tinta azul barata, por supuesto. Y llegué, al ratito, a este que me trae a escribir. Es uno de los párrafos “8”, el último del capítulo que el alemán tituló Los cuatro grandes errores, lo marqué con un casi ilegible “inspirado”  y dice así:

“Nadie es responsable de existir, de estar hecho de este o de aquel modo, de encontrarse en estas circunstancias, en este ambiente. La fatalidad de su ser no puede ser desligada de la fatalidad de todo lo que fue y será.  Él no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de una finalidad, con él no se hace el ensayo de alcanzar un «ideal de hombre» o un «ideal de felicidad» o un «ideal de moralidad», - es absurdo querer echar a rodar su ser hacia una finalidad cualquiera.  Nosotros hemos inventado el concepto «finalidad»: en la realidad falta la finalidad...
Se es necesario, se es un fragmento de fatalidad, se forma parte del todo, se es en el todo, -no hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, parar, condenar el todo... ¡Pero no hay nada fuera del todo!
- Que no se haga ya responsable a nadie, que no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que el mundo no sea una unidad ni como sensorium ni como «espíritu», sólo ésto es la gran liberación  - sólo con ésto queda restablecida otra vez la inocencia del devenir... El concepto «Dios» ha sido la gran objeción contra la existencia"... Nosotros negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: sólo así redimimos al mundo.”

Hoy quiero trabajar un poquito en la idea de este escrito. En la íntima seguridad de que no somos responsables de absolutamente nada.

Recién, en medio de mi escritura, escuché silbar la pava. Una cagada, se me hirvió el agua para el mate. No es tan grave igual, ahí está el termo desbocado, escupiendo vapor esperando estar a punto. El hervor de esa agua olvidada en la hornalla, fue tan inevitable como el hecho de que yo olvidara ir a buscarla, tan inevitable como el accionar de mis dedos en estas teclas, y tan inevitable como que vos estés leyendo ahora estas palabras.

Todo lo que percibo me hace pensar que mis decisiones, mis movimientos, voluntarios o no, son tan necesarios, tan absolutamente inevitables como la excitación de Silas (el perro que vive en casa) al verme entrar; y su excitación tan inevitable como el florecimiento de los jazmines del jardín en primavera; y el florecimiento de estos tan inevitable como el caer de una gota de lluvia; y el caer tan inevi… Se entiende la idea.

La inmovilidad de una piedra le pertenece tanto a ella como estas palabras a mí, o como tu mayor orgullo a vos. Lo único que nos empuja a pensar que esto no es así es el deseo de que no lo sea.

Por supuesto, el hecho de que la humanidad casi entera, se haya pensado por tanto tiempo a sí misma como un elemento diferente de la realidad, como un ente superador, distinto, dueño de sí, apartado del resto, fue también algo necesario, inevitable.

Creo, sin embargo, que los tiempos de ese paradigma se están terminando. Tal vez esa creencia tenga mucho de deseo, tal vez no tanto, el tiempo dirá.

Como fuera, ese no es el punto de mi escrito. Acá vengo, nomás, a revivir la invitación de Nietzsche a sumarse a esta corriente del pensamiento. Esta que asume su levedad y su no su, es decir, que lo mío no es tan mío ni lo tuyo es tan tuyo, aunque la individualización de la pertenencia nos sirva para convivir, lo cierto es que mi conciencia es tan mía como el sabor de la manzana es de ella. Mi voluntad es mía como el color de mis ojos, y yo soy tan ella como soy uña de mi pulgar, la separación es una cuestión de enfoque y un modismo histórico que la humanidad ha de superar, o con el cual ha de perecer.

El inicio de este modismo es difícil de saber, pero podemos animar una explicación, una de las tantas que quizás vengan.

Podemos suponer que en la prehistoria, y seguramente durante su desarrollo, un(a) joven notó la diferencia entre el desear hacer y el hacer. Es decir, dejó de actuar meramente por impulso. Se percató que, antes de realizar tal o cual movimiento, lo deseaba. Separó así, de manera semiconsciente, la voluntad, del hecho. Al mismo tiempo, y por un fenómeno tan simple como la proyección, ese individuo, o ese grupo de individuos, entendió que el resto de los hechos sucedían bajo el mismo proceso. Primero deseo, luego acción. Así fue que empezó la persuasión de manera conciente, la comunicación con entidades como la lluvia, el sol, la madre tierra. Con el paso del tiempo la humanidad logró entender y anticipar fenómenos naturales, y así ha separado la idea de “voluntad que da origen” (¿la idea de dios?) de esos fenómenos, y ha dejado, en parte, de hacer sacrificios y rituales en pos de “convencer” a la naturaleza. Sin embargo, la humanidad se ha pensado por fuera de esa naturaleza, y ha persistido en la creencia de que nosotrxs sí poseemos esa “voluntad que da origen”. Durante algún tiempo sostuve que esta creencia persistía por cuestiones sicológicas, es decir, básicamente por miedo a la muerte. Por la necesidad de pensarnos trascendentes y no meros acontecimientos de un todo que no podemos manejar, donde nuestro ego, nuestras culpas, nuestros méritos, no son sino chistes sin sentido.
Hoy, sin embargo, creo que esos componentes sicológicos, si bien seguro apuntalan, no son el fundamento de la creencia de la humanidad por fuera de la naturaleza. Creo que el factor fundamental por el cual la creencia de que nuestra voluntad da origen (al contrario de la voluntad de movimiento de un planeta, la voluntad de florecimiento de una flor, o la voluntad de cohesión de una roca), es que no hemos logrado un desarrollo científico lo suficientemente profundo como para anticipar nuestras reacciones mentales de un modo que no dejen duda de su inevitabilidad. Se descartó la idea de que la tierra era redonda recién cuando se pudo dar la vuelta al mundo. Se descartará la idea de que nuestra voluntad es originaria (y no necesaria, inevitable) recién cuando se lo pueda demostrar, pero antes, mucho antes, podemos ser varixs sosteniendo esa hipótesis. La cuestión, claro, es ¿Por qué hacerlo?

Ahí entra, nuevamente, el texto de Nietzsche. Yo la promulgo porque disfruto la “inocencia del devenir”, y quisiera disfrutarla con un número mayor de personas. La inmunidad de simplemente acontecer, la libertad de percibir, de sentir, de experimentar y fluir sin culpas, sin méritos, sin objetivos ególatras. La renuncia a finalidades que sirven nomás para alimentar el ego, permite liberar los sentidos y mirarnos, a nosotrxs mismos y a lxs demás, sin tapujos, sin máscaras, sin deberes y sin prohibiciones, sin juicios de valor. Mirar la realidad sin pensar como debiera ser permite un entendimiento mucho más profundo y más sencillo, y evita la posibilidad de poner máscaras a nuestras pasiones.

En ese punto me perdí. Anduve por ahí poniéndole máscaras a mis pasiones, disfrazando mis malestares con excusas morales. No siento culpa claro, porque no podía haber sido de otro modo, pero disfruto el entenderlo y renunciarlo una vez más, vaya uno a saber hasta cuando.

Mientras tanto ¡Salud! Y hasta la próxima.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Supermercado

            Llego caminando al supermercado. Atravieso la puerta mecánica y me divierto con su movimiento automático. Quisiera volver para atrás, hacer una doble entrada nomás para divertirme un rato, pero ya soy adulto, o joven, o algo. Sigo avanzando.

            Saludo al guardia con un leve cabeceo y miro las cajas, poca gente, me alegro. Me alegro de que haya poca gente, “que antisocial de mierda” pienso mientras encaro la fila de carritos.

            Tomo un chango y lo empujo. Cada vez que lo hago me acuerdo de mis tiempos de ñato, cuando corría y me paraba en los caños del carro y jugaba a ser Schumacher. Hoy el alemán ya no es el número uno, y yo soy adulto, o joven, o algo.

            En el sector verdulería hay una madre joven. Su hijo quedó esperando solo en el asiento de un changuito mientras ella guarda las cebollas. Su hijo llora abandonado mientras ella embolsa unas cebollas. Grotesca imagen del pendejo malcriado.

            Me llevo dos tomates redondos, lechuga mantecosa, un morrón rojo, tres limones, tres manzanas verdes y  cinco bananas.

            Me cargo un picado fino en el camino, el olor a salamín me puede.

            Llego a la ruta de los lácteos y me encierro en una de las tantas dicotomías de mercado. Entera o descremada. Son dos palabras y soy consciente de eso, pero parecen representar mucho más. Diversión o salud. Sencillez o snobismo. Por un lado el verde naturalista, por el otro el azul de barrio. Ya fue, agarro una chocolatada.

            ¿Qué me falta? Creo que nada. Encaro para las cajas por el callejón de los vinos y licores. Uhhh, el papel higiénico.

            No hay nadie en mi calleja, así que tiro una coleada y sale buena. Me sube un poco la alegría. Miro para adelante, nadie. Arranco un trote empujando el carro con las dos manos. Empezamos a tomar velocidad. Salto y me paro encima de los fierros que cubren las ruedas traseras de mi vehículo. Me siento un Sebastien Loeb de supermercado. El carro vibra bajo mis pies, mis ojos sonríen aún más que mis labios.

Una mujer atraviesa el final del corredor, es la madre con el hijo llorón. Pongo el pie izquierdo sobre la rueda del mismo costado. El carro colea, se balancea inestable pero consigue quedar en pie, yo salgo trastabillando pero mantengo el vertical.

            Miro para abajo y siento como la sangre fluye por mi rostro. “Disculpe”, atino a murmurar mientras retomo el control de mi Ferrari.

            Doblo a la derecha dos veces solo para evitar volver por el camino en que anda la vil testigo de mi idiotez. Odio doblar a la derecha.

            De casualidad retomé por el camino de los papeles. Agarro un pack de cuatro rollos de higiénico y sigo directo  para las cajas. Hay una vacía pero dice que máximo diez productos.

            Tomates uno, lechuga dos, morrón tres, limones cuatro, manzanas cinco, bananas seis, chocolatada siete, higiénico ocho y salamín nueve. Joya.